La depresión es un padecimiento que provoca un deterioro importante de la calidad de vida y es la principal causa de muerte prematura o discapacidad, y es una de las patologías más frecuentes en América Latina y el Caribe, en un porcentaje del 57,9% de la población a partir de las edades de 15 años; de este porcentaje, la mayoría no accede a una atención adecuada, siendo por lo tanto, un problema de salud pública. Algunas de sus características son:

Presencia de un ánimo deprimido, pérdida del interés o de la capacidad para sentir placer, manifestación de otros síntomas como por ejemplo pérdida de peso o exceso, trastornos del sueño, pérdida de energía, falta de concentración, sentimientos de culpa, dificultades para concentrarse, pensamientos de muerte o ideación suicida, etc.

Muchas veces las personas que padecen depresión, consultan en un primer momento por síntomas físicos, pero una vez que se realiza la entrevista diagnóstica, se puede identificar que debajo de tales síntomas subyase la depresión. Los síntomas antes descriptos también pueden deberse a otra patología de orígen fisiológico o emocional, por lo tanto es muy importante, antes de diagnosticar, descartar que no se trate de otro padecimiento. Por ejemplo, la depresión suele ser un síntoma de los problemas de tiroides, entonces no se puede diagnosticar de “depresión” ya que tratando el hipertiroidismo, la depresión desaparece.

Si bien la depresión se asocia con tristeza, la mayoría de los pacientes no la refieren y sí describen sensaciones de desesperanza, desánimo, “sensación de vacío” o de “estar en un pozo”. Las personas con depresión suelen presentar también síntomas de ansiedad y múltiples quejas somáticas que frecuentemente son las que llevan a consultar con el médico clínico. Entre estas quejas los síntomas más frecuentes son: Dolores de cabeza, síntomas digestivos, dolores lumbares, dolores precordiales, astenia, trastornos del sueño.

Algunos de los factores que son considerados como desencadenantes de depresión, pueden ser: pérdida de un ser querido, problemas en una relación de pareja, conflicto familiar, violencia intrafamiliar y/o de pareja, un cambio significativo o estresante, divorcio, pérdida del trabajo, problemas económicos, enfermedad física o dolor crónico, adicciones, sentimientos de soledad, aislamiento, parto reciente, escasas o nulas relaciones sociales, entre otras.

En niños y adolescentes también pueden darse episodios depresivos, las causas pueden ser múltiples, pero es de muy difícil diagnóstico ya que los síntomas suelen ser totalmente opuestos a los presentados por los adultos. Por ejemplo, un niño inquieto, con berrinches frecuentes o “caprichoso”, puede esconder un cuadro depresivo, al igual que en los adolescentes, una conducta oposicionista y desafiante. Por lo general, como he propuesto en otros artículos, el niñ@ o adolescente, manifiesta con su síntoma, una problemática familiar, entonces si en la familia ocurren situaciones como violencia, problemas económicos, separaciones, cambios drásticos, fallecimiento, etc, pueden desarrollar, entre otras cosas, depresión. Es poco frecuente en el caso de los niños, que se muestren tristes ante un cuadro depresivo, ya que, como se mancionó antes, lo manifiestan con comportamientos más reactivos. Por otra parte, con el adolescente, también se debe ser cuidadoso en el diagnóstico ya que ell@s son más susceptibles a estos cuadros depresivos ante situaciones que les es difícil manejar, tales como la ruptura con la pareja, con sus mejores amig@s, etc. Tanto en estos últimos, como en niños, no se recomienda el uso de medicación, a excepción que se trate de un cuadro severo en el que se ponga en riesgo la vida propia o de terceros. En todos los casos, se debe recurrir a un profesional de la salud mental con el involucramiento de la familia, ya que si no se compromenten los padres en el mismo, será muy difícil su abordaje y que se lleven a cabo cambios significativos.

En el caso de los adultos, la depresión también debe ser abordada por un profesional de la salud mental, en los casos crónicos y/o severos, además de la terapia psicológica, será necesaria como complemento de aquélla, la terapia farmacológica. Algunas recomendaciones pueden ser, entre otras: evitar el aislamiento, apoyo social, actividad física, madicación prescripta por un médico psiquiatra, terapia psicológica por un profesional matriculado, realizar alguna actividad de recreación, evitar ver programas televisivos en los que se muestran noticias desagradables, evitar las personas “negativas” o “tóxicas”, alimentación saludable, respetar las horas de sueño, etc.

Organización Mundial de la Salud. Fortalecimiento de la salud mental. Resolución del Consejo Ejecutivo de la OMS, Ginebra, EB109.R8. 2002.

Ferro, R. “Salud Mental y Poder. Un abordaje estratégico de las acciones en salud mental en la comunidad”. Revista de salud pública, (XIV) 2:47-22. Dic. 2010.

Compartí: