LAS PREGUNTAS DE LOS NIÑOS: AQUELLOS PEQUEÑOS-GRANDES FILÓSOFOS

Por Lic. Verónica Biancotti. Psicóloga. MP.10891

¿Vamos a morir?, ¿me quiere?, ¿se puede nacer malo?, ¿Cómo nacemos?, ¿Qué sentido tiene la vida?, ¿me abandonó?

Preguntas sobre la muerte, la vida, el amor y las perdidas, han estado resonando tanto en los hogares familiares como en la sesiones de análisis con niños. Si bien, esto se ha acrecentado hoy por la contingencia de las circunstancias no es algo que escape a la cotidianeidad de la vida donde hay un pequeño en cremiento.

En más de una ocasión los padres han llegado a consulta angustiados por no saber que responder ante momentos en donde sus hijos los interpelan sobre la existencia humana. Aquello de lo que nos cuesta tanto hablar porque toca lo más íntimo de nuestro ser: nuestra finitud, el temor a no ser amados, nuestro sentido de vida, nuestro narcisismo.

En general sabemos muy bien rehuirle a estas situaciones. Lo hacemos porque nos ahuecan, nos ponen en evidencia aquella falta de saber. ¿O alguien sabe con certeza que hay más allá de la muerte? Se podrá responder desde alguna creencia religiosa, o desde una perspectiva personal, pero la verdad es que nadie sabe con total seguridad con que nos encontramos, si es que hay algo en el más allá. En estas cuestiones no existen las certezas.

Lo maravilloso de los niños es que no esquivan el bulto existencial, y en el mejor de los casos preguntan, o mejor aún lo ponen a jugar. Y así terminan desojando margaritas para saber si su amor es correspondido o no, o el muñequito de Dragon Ball resucita como 30 veces en una tarde. De este modo, transitan, simbolizan, metabolizan aquellas angustias que son tan difíciles de hablar para los adultos.

Jacques-Alain Miller en su libro “los miedos de los niños” habla de dos tipos de preguntas, por un lado las que interrogan el orden simbólico, a las que se puede intentar responder; como por ejemplo, qué es lo que pasa cuando anochece. Por otro, las que apuntan al ser; para estas últimas, no hay respuesta, es decir, se acogen, no se responden. Porque lo importante, sostiene el autor, no son las buenas respuestas, lo que cuenta son las preguntas y el hecho de que puedan ser acogidas, escuchadas por un otro, y así, darle paso a la creación de algo propio que apacigüe un poco algo de aquello que angustia.

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