EL EGOÍSMO Y SUS DIFERENTES MANIFESTACIONES

En los diferentes espacios que habitamos, con frecuencia nos encontramos con personalidades egoístas que generan en nosotros/as diferentes sentimientos negativos.

La palabra “egoísmo” deriva del latín “ego”, que significa “yo”. En algún punto, todos y todas, necesitamos una cuota de egoísmo que nos permita pensar en nosotros mismos y de esa manera, cuidarnos. Así, se podría decir, que, de cierta manera, lo que hacemos en la vida lo hacemos para satisfacer ciertos aspectos de nosotros mismos (trabajar, tener hijos/as, hacer amistades, etc.).

Ahora bien, si analizamos el egoísmo desde el punto de vista del grado de conciencia de nuestras acciones y/o motivaciones, nos encontramos con tres formas de egoísmo (Borja Vilaseca 2013):

  1. El “egoísmo egocéntrico”. Es aquel que nos lleva a satisfacer nuestros propósitos e intereses, y que lo vemos reflejado, por ejemplo, a través de las palabras YO y MÍO. Este tipo de egoísmo, no mide lo que nuestras acciones pueden causar en los demás, buscando ser siempre el centro de atención, ocasionando muchas veces en la propia persona, conflictos y sufrimiento. En este punto podemos hablar de distintos tipos de egoísmo; por un lado, tenemos el egoísmo psicológico que es una teoría que nos dice que la conducta de las personas es estimulada por motivaciones autointeresadas. También tenemos el egoísmo ético, el cual sostiene que las personas ayudan a los demás, pero siempre en búsqueda de un beneficio propio. Así, algunas de las características que identifican a personas con personalidades egoístas, son: no muestran sus debilidades, no aceptan críticas constructivas, consideran que merecen todo a costa de los intereses ajenos, no escuchan a quienes están en desacuerdo con ellos/as, critican a las/os demás y temen a los riesgos.
  • El “egoísmo consciente”. Es aquel que nos permite resolver nuestros conflictos internos por medio del autoconocimiento, y de esta manera, beneficiar nuestra salud mental. Si estamos bien con nosotros/as mismas, lo estamos con los/as demás personas.  Este autocuidado, nos permite también poner límites a los demás, respetándonos y fortaleciendo nuestra autoestima.
  • El “egoísmo altruista” surge como consecuencia del anterior, es decir de la capacidad de sentirnos plenos con nosotros/as mismas, más allá de las circunstancias externas que nos rodean. De esta manera, cuando dejamos de perturbarnos, haciendo interpretaciones de la realidad mucho más objetivas, cuando podemos aprender de lo que nos sucede, cuando experimentamos una profunda alegría y gratitud, los seres humanos tenemos la capacidad de poner nuestro propio interés al servicio del bien común de la sociedad. A esto refiere el altruismo, es decir, hacer un bien al otro y que, como resultado, eso nos haga bien. Este egoísmo altruista consiste en hacer algo que nos gusta hacer y que además genera beneficios para otras personas. El altruismo no es un acto moral, no lo hacemos porque tengamos que hacerlo, y no tiene nada que ver con la caridad. Tampoco lo hacemos para ser buenas personas, sino que somos altruistas simplemente porque hacer el bien nos hace sentir bien.

En resumen, podemos decir que es positivo aquel egoísmo que colabora en sanar el autoestima y cuidar de nuestras emociones. Ante un mundo en el que prevalece el egoísmo egocéntrico, nuestro mayor desafío es estimular en nosotros/as y nuestros hijos e hijas, el desarrollo del altruismo, es decir la capacidad de sentir placer en hacer lo que nos gusta, para beneficio de las otras personas y no sólo el propio.

Vilaseca, B (2013) Las tres caras del egoísmo. https://borjavilaseca.com/las-tres-caras-del-egoismo/

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