La adolescencia, es un proceso por el cual se atraviesa por diversas pérdidas, con sus respectivos duelos por los cambios repentinos, propias de crecimento, que le permite al adolescente hacer el pasaje de la niñez a la siguiente etapa. Dichos duelos por los que el adolescente atraviesa son:

  1. Duelo por el cuerpo infantil perdido, es decir que su cuerpo cambia como consecuencia de la madurez hormonal y neurobiológica. Esto genera ansiedad ya que repentinamente el púber desconoce su nuevo cuerpo, muchas veces es aceptado y otras rechazado.
  2. Duelo por el rol y la identidad infantiles, que lo obliga a una renuncia de la dependencia y a una aceptación de responsabilidades que muchas veces desconoce. Repentinamente los padres dejan de ser los progenitores que todo lo saben a los ojos de un niñ@, para pasar a ser padres con fallas.
  3. Y por último duelo por los roles sociales, es decir que el adolescente debe realizar un cambio en sus roles al insertarse activamente en la sociedad, ya sea eligiendo una carrera, oficio, etc.

En este proceso, como se menciona anteriormente, el adolescente construye su identidad, esta última lo define luego en su rol de adulto. Fernández Mouján (1986) conceptualiza a la identidad como “la idea integradora y totalizadora de la persona, que es percibida, negada o deformada por el yo. Integradora porque supone al hombre en permanente relación consigo mismo y con las personas y cosas que lo rodean. A esta relación se agrega la necesidad intrínseca que el hombre tiene de desarrollarse más plenamente a través de sí y de los demás”.

En este contexto podemos decir que el adolescente se encuentra en un momento clave de transformación psíquica y subjetiva, procurando así el despegue de los referentes identificatorios parentales de la infancia. En este tránsito de lo familiar a lo extrafamiliar, revisten fundamental importancia los apoyos o referentes que la sociedad aporta como indicadores y soportes de dicho proceso. Todo esto no transcurre de manera silenciosa sino que a través de las crisis provocadas por los duelos surgen complejos procesos que a su vez tienen el valor de motor del crecimiento.

 Poco a poco, el adolescente irá construyendo su identidad, primeramente desde el seno familiar, luego a partir de las figuras ideales que toma de lo social para identificarse. Es así como estos ideales, se construyen en el seno de la sociedad y que a partir de los modelos culturales que circulan en un momento histórico determinado (grupos musicales, de futbol, etc) constituye de alguna manera la subjetividad. Dichos ideales encarnados en diferentes representantes, además de  abrir una zona de contención, de anclaje, estabilidad y pertenencia a una familia, clase etc. también les otorga una significación que le es propia, y a partir de allí medirá las formas de relación con los valores y metas del grupo al que pertenece. Todo adolescente necesita “pertenecer” a un grupo de pares, ya que ésto le permitirá despegarse de lo familiar, crear nuevas relaciones y fortalecer su identidad. Si su desarrollo anterior (ver etapas de la niñez desarrolladas en el artículo anterior) ha sido de manera positiva y efectiva, el adolescente elegirá un grupo de pares “sanos”.

Desde esta perspectiva, si ubicamos a la crisis adolescente en el contexto de la posmodernidad, a la cual podemos definir como el momento social en el que priman las crisis de los valores y las incertidumbres, nos encontramos ante un proceso adolescente cuya elaboración se ve dificultada por las vicisitudes socio-históricas.

Si acordamos con la idea de que los jóvenes requieren valores que den sentido a su existencia y que  los vayan guiando hacia una plena realización, y que para ello necesita asirse de los elementos de la cultura, en la posmodernidad dicha apropiación se ve truncada por las nuevas reglas puestas en juego y ante lo cual los adultos nos hallamos desconcertados y en proceso de adaptación y transformación.

Para ello es necesario que los padres o educadores no sólo transmitan valores éticos y morales desde el discurso sino que también es necesario que los vivan, es decir con el ejemplo. Los adolescentes van adquiriendo los valores referenciales de su entorno, especialmente de la familia y la escuela. Por esta razón muchos padres se hallan desorientados respecto a qué hacer, qué dirección tomar encontrándose así en la pasividad de esperar a ver qué sucede. Es por esto que consideramos necesario que los adultos nos interioricemos en lo nuevo transmitido, desde  el lugar de la reflexión, el análisis y la responsabilidad. Así se apuesta a que  nuestros adolescentes comiencen a buscar la calidad de aquello que humaniza su vida, a crear un pensamiento crítico respecto a los mensajes transmitidos por los medios de comunicación, para que desde allí puedan analizar sus compromisos y asumir responsabilidades. Además de las instituciones sociales, coexisten otros ámbitos de transmisión de valores entre los que se destaca la práctica religiosa, de esta manera no podemos imaginar una crisis de valores desligada de una crisis religiosa, siendo esta una fuerte referencia en la constitución de la identidad, en tanto pertenencia.

Fina Birulés (1996) nos dice que “el desarrollo social posmoderno o de modernidad tardía, se caracteriza por la explosión y descomposición de las viejas formas de vida y de las viejas categorías, por una pérdida irreversible del anclaje en la tradición. De modo que el pasado ya no arroja luz sobre el presente, y el futuro, carente de modelos en los que inspirarse, parece haber dejado de ser una promesa cargada de contenidos para devenir simplemente amenaza”.

Por esta razón decimos que a la crisis característica del adolescente, se le suma la crisis social por la que atravesamos, en donde lo que está en jaque es la subjetividad, su decaimiento.  En este sentido, el autor antes citado plantea que “las nuevas tecnología de la información, la información y la automática, los marcos de nuestra vida cotidiana se transforman, nuestra experiencia puede aumentar en intensidad y en contactos no directos con otra gente, pero la importancia o sentido últimos de esta experiencia se manifiesta irrelevante. Sin embargo, conjuntamente a esta pérdida de experiencia se da una creciente deshomogeneización y una coplejización cultural y social”.

La intención del presente artículo no es mostrar a la crisis social como nociva, sino por el contrario intenta dar respuesta al desconcierto de los adultos, como se menciona antes, a los cambios de nuestros adolescentes en el marco de las nuevas transformaciones sociales. Por lo tanto, una estrategia para tal fin consistiría en aprender a convivir con las contingencias y ambigüedades irreductibles propuestas por la posmodernidad, y no en ignorarlas o sumirse dócilmente en ellas. Se hace necesaria una revisión crítica de dichas categorías, intentando recrear tanto sus condiciones como sus aspectos más positivos.

Es fundamental que la alteridad recobre su valor en momentos de desconcierto social, ya que la atención al otro, la respuesta a su llamada, la responsabilidad, es lo que nos permite humanizar a los sujetos. Es por este motivo que los padres, inmersos en la pérdida de certezas impuesta desde lo nuevo desconocido, no podemos dar respuesta a las necesidades de nuestros hijos, ni cumplir con la necesaria función de referentes para la constitución de la identidad.

En este contexto no podemos dejar de señalar la intervención significativa  de la educación, en tanto ésta atraviesa y trasciende al sujeto. Cuando hablamos de educación no sólo hacemos referencia a la que se imparte en las instituciones educativas sino también a la que circula dentro de la familia y la sociedad en general. Fernando Bárcena en su libro “La educación como acontecimiento ético”, plantea la posibilidad de impartir una pedagogía crítica de nuestras sociedades, de manera tal que los jóvenes aprendan a discriminar y descartar aquello plagado de falta de significación y valor.

Los autores Obiols G. y Obiols S (2000) nos hablan de otro aspecto que afecta a nuestros adolescentes, es el dado por el cambio en la consideración de la adolescencia como proceso de crisis a un concepto de adolescencia como estado. Es decir que el quiebre en los valores se ve reflejado por ejemplo en que “hoy los adolescentes no esperan el momento de vestirse como sus padres, sino que son los padres los tratan de vestirse como ellos”. Es en este sentido que los jóvenes han perdido los puntos referenciales para que su desarrollo transcurra con fluidez. En esta misma línea de pensamiento Beatriz Sarlo nos dice que “la cultura juvenil, como cultura universal y tribal al mismo tiempo, se construye en el marco de una institución, tradicionalmente consagrada a los jóvenes, que está en crisis: la escuela, cuyo prestigio se ha debilitado tanto por la quiebra de las autoridades tradicionales como por la conversión de los medios masivos en espacio de una abundancia simbólica que la escuela no ofrece”. La autora continúa diciendo: “Las estrategias para definir lo permitido y lo prohibido entraron en crisis. La permanencia, que fue un rasgo constitutivo de la autoridad, está coartada por el fluir de la novedad”.

BIBLIOGRAFIA

  • Aberasturi A. y Knobel M. (2004) La adolescencia normal. Ed. Piadós.
  • Birulés, Fina. (1996) Del sujeto a la subjetividad, en: CRUZ, Manuel (comp.), Tiempo de subjetividad. Paidós, Barcelona. Cap. II (223-234).
  • Fernández Mouján O. (1986) Abordaje teórico y clínico del adolescente. Ed. Nueva Visión.  
  • Obiols G. y Obiols S. (2000) Adolescencia, posmodernidad y escuela secundaria. Ed. Kapeluz
  • Petriz. G.; Delucca, N. (2002). “Reflexiones a partir de los hallazgos en una investigación con adolescentes de La Plata”. Actas IX Jornadas de Investigación en Psicología, Buenos Aires: UBA.
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